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¿Quién cerrará la llave?

Por poco no llega al cuarto de baño. Tan pesada era su lasitud que apenas logró deslizar sus chancletas como patines, aprovechando la lisura del baldosín. Mucho mayor fue el esfuerzo que requirió para que sus pies, uno después del otro, pasaran por encima de la división que aislaba la regadera. No eran más de quince centímetros de altura, pero tuvo que apoyarse en la pared enchapada de azul rey cuando sintió que perdía el equilibrio, en aquel lapso minúsculo que se sostuvo solamente sobre su pierna izquierda. Al abrir la llave, sintió por fin el chorro que tanto anhelaba, frío y potente, deslizándose por su cabeza, por su rostro, por su nuca, por su espalda, por su pecho, por su vientre, por sus nalgas, por sus ingles, por sus muslos, por sus rodillas, por sus corvas, por sus pantorrillas, por sus pies. De repente, algo extraño empezó a ocurrirle. El agua que escurría se iba llevando su cuerpo como si estuviese hecho de jabón en gel. No pudo ver sus cabellos, ni sus ojos, ni sus diente...

Jugar en clase

Estas tres palabras dicen mucho para mí, tocan mis fibras emocionales y mi memoria. Me gusta jugar en clase y considero que es algo que me ha caracterizado durante los veintiocho años que llevo de ser maestro. Aún recuerdo los rostros de las directivas que por primera vez me dieron la oportunidad de orientar Lengua Castellana en primaria. Antes de decidirse a hacerlo, me pidieron que hiciera una clase para ellas, con el fin de determinar si estaba listo. Imagino su sorpresa al ver que me atreví a enfrentar aquella prueba decisiva con cubetas de huevos y pelotas de pimpón. Este gusto me ayuda a entenderme con los niños. Casi siempre me va bien con ellos porque no les da pereza ni pena jugar. Por el contrario, suelen invitarme y retarme. Además, es raro que se cansen. Me encanta la motivación que genera en la mayoría de ellos el juego, aunque es obvio que existen excepciones y matices, no todos los niños sienten la misma inclinación por el juego, ni todos los juegos despiertan el mismo...

Las promesas incumplidas a las nuevas generaciones... ¿Qué pensarán los electos?

“¡Estudie para que sea alguien en la vida!”… “¡No estudie y verá cómo le toca fregarse después para conseguir el pan!”… “¡Si no quiere ser un pobre esclavo como yo, estudie!”… En el fondo de estas frases sueltas y reiterativas que vienen escuchando nuestros niños hace rato, yacen promesas de los adultos: promesas de un proyecto de vida digno gracias al estudio. Animados por esas promesas nuestros díscolos retoños retozones aceptan y soportan entrar en las aulas anquilosadas en las que entusiastas y comprometidos maestros —aunque a veces no tanto— intentan una educación para el siglo XXI en decenas de pupitres asfixiados entre la pobreza y las limitaciones de un sistema educativo que parece más bien pensado para los tatarabuelos. Tras seis horas sentados en duras y viejas tablas, escuchando los discursos diversos que les hablan de sintaxis, fórmulas, geografías… de poco sentido, entre bostezos y fastidio, los vivaces menores quisieran huir de esas jaulas letradas en las que...

HA MUERTO UN NIÑO

“El aire alrededor de un grano de arena/es la flor amarilla”. Esta fue la metáfora que ocasionó mi primer encuentro con el maestro Jairo Aníbal Niño. La hallé en un libro de Español para cuarto grado, preparando una de las clases de mis primeros meses de docencia, a comienzos de 1996. Fue suficiente ese poema ─El aire alrededor─ para toda la clase que preparaba. Y hubiese sido suficiente con “El aire alrededor de un vaso de agua/es la gaviota”, o con: “dibujaré mi tristeza que será una gotera en el techo”, o con cualquier otro de los versos de ese extraordinario poema. ¿Qué otra cosa se requiere para una clase de literatura? ¿Qué más que un buen ejemplo de lo que es literatura? Dayana dijo: “Yo tengo un libro donde está este poema, profe”. Con ansiedad le propuse que lo trajera al siguiente día. Y así fue como conocí La alegría de querer. Embolatamos varias clases leyendo los poemas de Jairo Aníbal. Nos conmovimos con ¿Me haces un favor?; nos reímos con No busques más ...